Apenas supera los 185 cm. de estatura. No es el más alto ni tampoco el más fuerte. Su menuda anatomía le descubre y su sonrisa burlona le delata. Siempre con buena cara, no se le conoce un mal gesto. Lleva con orgullo y buen gusto una alopecia que le da apariencia de hombre normal y corriente, cuando por su talento no lo es; apariencia de ser humano cualquiera, tan desapercibido como podría pasar entre la gente ajena al deporte de las dos canastas y el millón de emociones. Lleva a su hijos a un colegio público y parece un grancanario más. Marido. Padre. Jugador. Hace 38 años Terrasa le vio nacer, y en Gran Canaria disfruta hoy de una exquisita madurez. Es Albert Oliver, claro. Un héroe del pueblo. De carne y hueso. Sin maquillaje. De los de verdad.
Cualquiera diría que está más cerca de los 40 años que de los 30. Parece un pibe más pero no, desde luego, uno cualquiera. Que el Gran Canaria oficializara hace unos días su renovación por una temporada más, la cuarta, era una cuestión de justicia divina. El curso pasado dio una lección a todos los niveles y su Copa del Rey, indiscutible MVP de haberla alzado el Herbalife, ocupa la pole position en la hemeroteca de las grandes gestas del basket insular. Lideró una gesta utópica, allí donde épica y tragedia se fusionaron en una leyenda que pareciera narrada por el mismísimo Homero. Allí donde el más pequeño se reveló contra un ejército de gigantes acongojados (por no usar la palabra malsonante que todos pensamos). La derrota más dulce, dicen. Porque más vale morir de pie que vivir arrodillado, como bien le gritó al mundo Ernesto Guevara, el Che, otro héroe del pueblo a su manera.
Abanderado de los sueños, hablar solo de la exquisita madurez de Oliver implica quedarse mirando a la foto en el móvil cuando tenemos por delante el más bello paisaje. Siempre va más allá. Experto en darle al partido el ritmo que más le convenga al Gran Canaria, no para en defensa y si tiene su día en el tiro no hay nada más que hablar. Anotador. Director. BASE. Poesía en movimiento con el balón, convierte lo virtuoso en rutinario. Su mano marca la jugada, el camino del Herbalife, otro sueño que cumplir. Como mínimo durante una temporada más, y otras que vendrán. Y todo con una sonrisa y apariencia de normalidad que son el síntoma de la victoria de todos nosotros. Los que quisimos y no pudimos. Los que le miran a los ojos y no pueden con él. Los que sí lo hacen. Rivales y compañeros. Aficionados. Reverenciado en la cancha y saludado fuera de ella. Sonríe, responde y habla con sinceridad. Como un héroe del pueblo, de nuestro pueblo. Pero de los de verdad.